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Una Noche con Mi Primer Amor

Son las 8:30 p.m., sólo se escucha el acompasado sonido del goteo del suero. El zumbido del aire acondicionado, amortigua los ecos de un lejano televisor.

Escribo sentado en una incómoda silla, a los pies de tú cama, tu respiración profunda me tranquiliza, tu voz resuena en mi mente... "todo saldrá bien"...

Es raro verte así, es raro pensar que te puedas enfermar, que te deban operar... tú nunca te diste tiempo para debilidades.

Desde pequeño me entrenaste para vivir sin ti, me enseñaste a ser fuerte, a enfrentar las dificultades, aunque la dificultad fuera de mayor peso y tamaño que yo. Me inculcaste que nunca debía callar ante una injusticia y me diseñaste para ser responsable, para ser el hermano mayor.

Me mostraste serenidad cuando estábamos solos, aunque le temías a la soledad; me dijiste que no había nada malo en donde no hay luz, aunque te aterrorizaba la oscuridad.

Ante tu miopía fui lazarillo y después de tantas aventuras te convertiste en mi mejor amiga. Me apoyaste para entrar a los Scout, al Grupo de Rescate, en Cursos de Supervivencia, por ti fui catequistas y hasta casi sacristán...

Roncas... nunca te había escuchado roncar. No dejan que uses almohada, debe ser eso. Un pequeño pinchazo de más en la  “Duramadre” al aplicar la Anestesia Epidural puede afectar tu recuperación.

Recuerdo cuanto te empeñaste en que aprendiéramos a nadar; y de aquella vez en la piscina de Mamo en La Guaira,  cuando lo pudimos lograr. O aquella vez en un río en Machurucuto, Estado Miranda, en el cual insistía tratáramos de nadar bajo el agua, tanto fue tu insistencia hasta que al fin lo logramos. Más tarde descubriría que también le temías al mar y hasta a hundir tu cabeza en el agua.

Le temías a los rayos  y nos decías que era lo más normal, nunca te vimos retroceder... o temblar.

Subimos árboles juntos, nos pusimos a explorar, nos lanzabas golpes de sorpresa y hasta nos enseñaste a pelear. Me dijiste que me mantuviera firme en aquel campamento en que sólo quería huir y llorar.

Me mostraste la cara de un Dios bueno que sólo me podría amar...

2:00 a.m., entra la enfermera, enciende la luz, cambia el suero y te toma la tensión. Como siempre "hechas broma", que te duele, que tienes calor, que si tienes sed, que te sientes mejor... y en medio de tus bromas y de tu malestar, simplemente, sólo se te ocurre, mandarme a acostar...

“CION MAAAAA… CION PAAAA”, era el grito que se escuchaba todas las noches cuando vivíamos todos juntos, en mi mente retumba esa última bendición de la noche, desde nuestros cuartos, desde nuestras camas, la última bendición del día que me acompaña para siempre en todas las noches de mi existencia.

En la oscuridad te mueves incomoda, así nunca te ha gustado dormir, pero que es la incomodidad para ti, capaz de sacrificar tu comodidad con tal de que nosotros estuviéramos bien.

Al final me enseñaste que el verdadero Valor, no es el que viene de la ausencia de miedo, sino el que nace de sobreponerse al temor. 

No hay Valor más grande que actuar a pesar de tener miedo.

En mi mente, el recuerdo de aquellas vacaciones en la casita de Las Salinas, Estado Vargas. Sin agua, sin luz, alejados de todos y de todo, pero no te gustaba que pasáramos vacaciones en casa, para ti era ya mucho que fuéramos “niños de apartamento” como para que las vacaciones transcurrieran con nosotros encerrados. La noche era para ti una pesadilla, zancudos, oscuridad, alimañas; tú y tres niños, te veía caminar de un lado a otro… el sonido de un intruso acortando camino por la parte trasera de la casa iniciaba tu rutina de hacer sonar el “machete” contra el piso y alertar a todos los “hombres de la casa”, seres inexistentes… lo bueno era que cualquier intruso NO sabía que no existían. Pero ante nosotros no había temor, tienes el don de transformar las dificultades en una ¡GRAN AVENTURA! Aunque te murieras por dentro, todo lo hacías mágico.

Unos disparos en la lejanía te despiertan, no te digo nada, ya ese sonido es habitual para los venezolanos.

Me cuentas de tus cosas, de recuerdos y demás; me hablas de los muchachos y las cosas de mi papá.  En un momento y sin darnos cuenta, comenzamos a filosofar, pasamos de Deepak Chopra hasta el programa de Cala, te confronto con tus ideas, ese juego que siempre termina contigo riendo y mandándome a callar, te ríes como mi abuela y me haces payasear.

El tiempo pasa lento, quieres descansar, pero la incomodidad no te deja parpadear. Viene la enfermera, vacía la bolsa de la sonda, te siento tan frágil que hasta me dan ganas de llorar.

Me hablas de tus cosas, me muestras tu corazón, que dolor te trae el recuerdo de aquel mes y medio en el cual nos tuviste que abandonar o así lo sentías tú. Corría el año 1969 y mi hermano menor nació con dificultad, y en mes y medio, instalada en un hospital, no te lo dejaron cargar, me cuentas de tu desesperación de tus ganas de llorar, la indolencia de las enfermeras, su deshumanización ante una madre que no lo podía ni amamantar… se te quiebra la voz, pero lo pudiste salvar. Son increíbles todas las cosas que el corazón de una madre puede guardar.

Son las 3:30 a.m., hace frío, cubro mejor tus pies y el sueño ya me comienza a golpear, ¿Por qué los momentos antes del amanecer son los que se hacen más difíciles de aguantar? Es cierto, es más duro, es más oscuro antes del amanecer.

Hablamos y hablamos, no te das cuenta pero la medicina te hace balbucear y yo sigo escribiendo tratando de capturar, este momento mágico, que hacía tiempo dejé de disfrutar, y de nuevo somos amigos, olvidaba lo genial que es pasarla contigo...

Salgo a mirar la calle, acomodan un mercado de verduras en plena calle, estampas cada vez más típica de nuestro país, unos cuantos autos pasan a toda velocidad, son los madrugadores que salen a trabajar. Las aves anuncian la llegada del nuevo día. Te consigo despierta y volvemos a empezar, me pides tus “cositas”, el escapulario del Carmen, tu cruz de San Benito y tu rosario herencia de la amiga que se fue.


Siempre coqueta, me pides tu cepillo del cabello, te quieres peinar, no quieres que te vean “como una loca”.

Comienza la jornada, el personal comienza a llegar, se reinicia la rutina, ya tú te quieres parar. Aún falta un susto que lograrás superar. Así me lo enseñaste, TODO LO PODEMOS SUPERAR.

Termino de escribir cuando comienza el nuevo día. Es hora de volver a la “normalidad” de mi vida y a Dios gracias eres parte de ella…

Te quiero mucho... es fácil quererte…

MAMÁ

Reinaldo Poleo

19/11/2014

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